Por Diego Martín Velázquez Caballero
No lo parece; al contrario. Aunque la apariencia indica que la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido fortalecida por los noventa días de gracia concedidos por Donald Trump; en realidad, enfrenta un desafío significativo en su relación con los gobernadores y grupos internos de Morena. A pesar de su posición vigorizada, es probable que estos actores continúen omitiéndola debido a un pacto de impunidad y corrupción en México, donde la simulación se ha institucionalizado.
La influencia transexenal del lopezobradorismo y la ausencia notable de Claudia Sheinbaum señalan que la dinámica del poder en México es dominada por el “feuderalismo caciquil” de poderes locales y fácticos (Andrew Paxman). Los gobernadores tienen un considerable grado de autonomía y pueden resistir o simular acatar las directrices del poder central. Los gobernadores y camarillas morenistas juegan a las “mil máscaras” con Donald Trump y Estados Unidos, Sheinbaum y los gobernadores de Morena interactúan en un juego de señales mixtas.
La relación entre Sheinbaum y los grupos de poder morenistas, representa un escenario de “desobediencia silenciosa”, los gobernadores acatan públicamente las directrices de Sheinbaum, pero en la práctica continúan con sus prácticas tradicionales de gobierno; actúan pragmáticamente en función de sus propios intereses y grupos de poder, utilizando el partido Morena como una fachada para sus agendas. La corrupción es un sistema de recompensas que permite a las élites mantener la lealtad de sus grupos. Las facciones compiten, pero lo hacen dentro de un marco de corrupción que les beneficia a todos. La corrupción no es vista como una debilidad que hay que erradicar, sino como una herramienta para la gobernabilidad y el enriquecimiento personal.
La presidenta utiliza los recursos financieros para obtener la lealtad y el apoyo de los gobernadores. A cambio, los gobernadores simulan acatar las directrices federales. Sin embargo, la crisis económica y la corrupción boyante dejan translucir el mensaje que predomina desde la presidencia de Vicente Fox: es necesario reunir el año de Hidalgo y el de Carranza. Las camarillas políticas en México han convertido el transfuguismo político en un fundamentalismo religioso porque es necesario abandonar el barco sin previo aviso.
El presidencialismo mexicano no puede reconstituirse sin el apoyo formal de Estados Unidos como en 1924, 1929, 1945, 1988 y 1994. Estados Unidos tiene que hacerse cargo del patio trasero y dejar la idea de la homeostasis corrupta. El feuderalismo ha hecho de México un Estado Fallido que contagiará pronto a Estados Unidos y que, aunque no quiera, Donald Trump deberá subsidiar con una mayor cantidad de recursos posteriormente; mejor pagar ahora que después al doble o triple; incluso, la opinión pública estadounidense deberá considerar el exponencial 2080 de Friedman en esos pagos.
Norteamérica debería haber entendido que México es su entenado histórico, su hijo desobediente; pero, si no lo controla ahora, como la madre y tutores de Nerón, terminará consumido por sus actos irresponsables.
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