Por Diego Martín Velázquez Caballero
Aunque Alejandro Moreno no es un sujeto consciente de la historia entre México y Estados Unidos, pareciera que su constante presencia y ánimo unionista hacia Norteamérica retoma la añeja influencia que tuvo la Casa Blanca en el desarrollo del Partido Oficial en México. Moreno Cárdenas está buscando -como lo han hecho Verástegui, Salinas Pliego, México Republicano y Claudio X. González, por mencionar a los personajes conocidos-, desesperadamente, el auxilio del imperio yanqui para detener la caída del PRI y la permanencia de Morena en la presidencia de la república.
A muchos analistas queda claro que, realmente, lo que sucede en México tiene poca resonancia en Estados Unidos. La violencia y descomposición social que aproximan la condición del país a un Estado Fallido desde hace un tiempo prolongado, si bien influyen en la retórica autoritaria de Donald Trump, poco han servido para cambiar la realidad mexicana. A veces parece que la Casa Blanca tomará decisiones importantes sobre México, pero, al final, desisten de intervenir para construir una mejor vecindad y cambiar la puerta de entrada al mundo iberoamericano.
Los entendimientos de Washington siguen siendo con los titulares del poder ejecutivo federal mientras estos lo permitan; es decir, ningún presidente ha podido aislarse de la presión estadounidense y la necesidad que tiene la economía nacional de la norteamericana parece absoluta. Las concesiones de los gobiernos federales a Norteamerica, como en el Tratado de Bucareli, permiten gobernabilidad y apoyo a distintos proyectos políticos y electorales. Morena debe su permanencia en el poder a Estados Unidos más que a los votantes y, sobre todo, la inteligencia de su clase política.
Soledad Loaeza ha desarrollado investigaciones sobre esta subordinación permanente de los presidentes mexicanos hacia la Casa Blanca, la disposición e iniciativa del dirigente nacional del PRI sólo es una muestra de lo que hace el conjunto de la clase política y económica en la mayor parte de las circunstancias. Quizá, por ello, la idea de una integración con Norteamérica debe tomarse en serio y dejar de lado un amasiato que, de todas formas, todo mundo conoce y explota. México puede tomar un proyecto geopolítico positivo si abraza la conciencia de que Norteamérica es un destino insoslayable y ninguna propuesta política puede oponerse a la fuerza de gravedad que tiene la economía estadounidense en nuestra estructura.
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